EL CULTO A LA NADA: CÓMO TU YOUTUBER FAVORITO TE VENDE PLÁSTICO DE BAZAR Y TÚ LE LLAMAS "GENIO CREATIVO"
Estamos atrapados en un bucle esquizofrénico donde el listón de la genialidad artística está enterrado bajo tres metros de estiércol digital. Hemos pasado de idolatrar a peña que inventaba vacunas, componía sinfonías o escribía manifiestos, a lamerle las botas a un chaval en chándal cuya mayor aportación a la humanidad es gritar frente a un micrófono LED y jugar al Minecraft.
Bienvenidos a la era dorada del Youtuber. Una época oscura y bizarra donde la escasez creativa se camufla con marketing agresivo y un ejército de prepúberes lobotomizados está dispuesto a vaciar la tarjeta de crédito de sus padres para comprar pura y dura mediocridad.
La falacia del "gurú" de internet
Párate a pensarlo un segundo. Tienes a un tipo frente a una cámara. Su contenido se basa en reaccionar a vídeos de otras personas, hacer bromas que rozan el encefalograma plano y, de vez en cuando, montar un "reto extremo" que consiste en no dormir durante 24 horas. Y, de repente, la maquinaria del algoritmo lo escupe a la cima.
El problema no es que se hagan ricos (bien por ellos, supongo), el problema es la glorificación mesiánica.
La gente no los ve como simples animadores de la era del déficit de atención. No. Los ven como putos gurús. Como faros de luz intelectual y creativa. Y aquí es donde la distopía nos golpea en la cara con la fuerza de un bate de béisbol envuelto en alambre de espino.
El caso Milfshakes: vendiendo humo
Hablemos de casos prácticos para no perdernos en la filosofía barata. Hablemos de Nil Ojeda. Hablemos de Milfshakes.
Recientemente, el muchacho ha lanzado un drop (porque ahora todo es un maldito drop, como si estuvieran sintetizando la cura del cáncer en un laboratorio clandestino y solo hubiera mil dosis) de unos muñecos llamados Milfos.
¿El resultado? Sold out masivo en cuestión de minutos. Twitter en llamas. Chavales llorando en TikTok porque no han conseguido su muñeco. Y de fondo, el coro de palmeros de siempre repitiendo el mantra: "Nil es un creativo nato", "La mente de este pavo es increíble", "Qué locura de concepto".
¿De qué cojones estamos hablando?
Son muñecos. Simples, llanos y genéricos muñecos. Un maldito dispensador de pañuelos con forma absurda. Artículos que, si los despojas de la pegatina de la marca, podrías encontrar apilados cogiendo polvo en el pasillo 4 del bazar chino de tu barrio por dos euros y medio.
La magia del "drop" y el borreguismo ilustrado
Si tú vas al bazar y compras una caja para pañuelos con forma de marciano bizco, tus amigos te preguntarán si te has dado un golpe en la cabeza. Pero si a esa misma caja le estampas el logo de Milfshakes y Nil Ojeda sube tres stories con música de Travis Scott de fondo diciendo que es "una edición limitadísima que cambiará el game", de repente es arte contemporáneo.
Esto es lo que deprime del asunto:
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Creatividad nula: No hay un diseño revolucionario, no hay un mensaje subversivo, no hay una deconstrucción estética. Hay un molde de fábrica barato.
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El fetiche del logo: La gente no compra el producto, compra la pertenencia a un culto. Compran un trocito del aura de su ídolo para no sentirse tan vacíos.
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La ilusión de exclusividad: Te hacen creer que eres especial por poseer algo que, objetivamente, es basura plástica.
Es el truco más viejo del capitalismo, pero ejecutado por chavales que no han leído un libro sobre marketing en su vida, simplemente porque su audiencia ya viene con el cerebro lavado de serie.
Circo y hostias: el verdadero legado youtuber
Si rascamos un poco la pátina de purpurina digital y nos ponemos existencialistas, la gran pregunta es: ¿cuál es el jodido aporte de esta gente a la sociedad? La respuesta es tan deprimente que asusta. Hemos sustituido la cultura pop por un catálogo interminable de retos extremos absurdos. Hoy en día, la cumbre del entretenimiento es ver a un veinteañero enterrarse vivo durante cincuenta horas, comer comida radiactivamente azul o comprarse todo un supermercado. Es un circo romano 2.0, pero sin leones, sin épica y patrocinado por marcas de bebidas energéticas que te provocan taquicardias.
Y luego está la joya de la corona, el clímax absoluto del esperpento moderno: La Velada del Año.
Te lo venden como si fuera el combate del siglo de Muhammad Ali en el Madison Square Garden. Lo empaquetan con alfombras rojas, actuaciones musicales que dan vergüenza ajena y un hype vomitivo. Pero despójalo de las luces de neón y, ¿qué te queda? Un puñado de creadores de contenido multimillonarios dándose hostias mal dadas en un ring con un único y exclusivo fin: hacerse aún más asquerosamente ricos. Es el morbo de una pelea de patio de colegio, pero monetizado a nivel industrial.
Van por la vida ondeando la bandera de la autenticidad. Se autoproclaman personas cool, "reales", colegas virtuales cuyo único y altruista propósito es "haceros pasar un buen rato, chavales". Se visten con la arrogancia de superestrellas del rock sin miedo a nada ni a nadie. Todo es una farsa.
La cruda realidad es que no hay estrellas del rock en YouTube o Twitch; solo hay esclavos sumisos con terror a perder su estatus. Su verdadero amo no lleva látigo, es una línea de código, un dios implacable e invisible: El Algoritmo.
Observa cómo actúan realmente. Miden cada puta palabra que sale de su boca, censuran sus propios insultos con pitidos cobardes y evitan cualquier tema remotamente espinoso con el cuidado de un artificiero desactivando C-4. ¿Por qué tanta prudencia?
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Terror a la desmonetización: Salirse del guion family-friendly significa que el vídeo se pone en amarillo. Y si el vídeo se pone en amarillo, el grifo de los dólares se cierra.
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Miedo a la cancelación: No tienen convicciones reales por las que jugarse el tipo; solo tienen miedo de que la masa enfurecida de Twitter les joda el próximo patrocinio con una marca de zapatillas.
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La falsa rebeldía: Fingen ser transgresores, pero su "rebeldía" está perfectamente plastificada y calculada por agencias de representación.
No se arriesgan por el arte. No se mojan por ninguna causa. No son cool ni son de verdad. Son empresarios del vacío, calculadoras humanas con patas, alimentando perpetuamente a la bestia binaria para no perder ni un solo céntimo en el camino, mientras te sonríen a cámara y te convencen de que son tus mejores amigos.
El veredicto
Al final del día, los youtubers han descubierto el santo grial del merchandising gonzo: no necesitas talento, ni esfuerzo, ni creatividad. Solo necesitas a un millón de chavales desesperados por pertenecer a algo. Les puedes vender un bloque de cemento con tu nombre grabado en rotulador y te dirán que es una metáfora profunda sobre la solidez de vuestra relación parasocial.
Seguid aplaudiendo los "increíbles drops" de cajas de pañuelos y muñecos de feria. Mientras tanto, los "gurús" seguirán facturando millones, riéndose desde sus chalets, sabiendo que han logrado el mayor de los milagros modernos: monetizar la absoluta nada.